Hija del Mar

Cuando era niña me gustaba mucho una telenovela infantil de Televisa que se llamaba Amy la niña de la mochila azul (excepto el final). Aún recuerdo que mi madre me compró la mochila, pero no el albúm musical. Así que tenía que ir a la casa de mi tía a escucharlo cada que podía. Nada me hacía más feliz que ponerme a cantar y a bailar. En recompensa, ayudaba a mi tía a cuidar a Michel, le hacía compañía y cuando olvidaba su llave, brincaba la barda para abrir desde dentro. Desde niña he sido escurridiza como el agua.

Estaba obsesionada con el mar. Quizás porque íbamos mi familia, los conocidos de la colonia Benito Juárez y yo al menos una vez en cada temporada vacacional. Mi papá tenía autobuses que rentaba para viajes privados o para los que organizaba una venta de boletos que ofrecía en las tortillerías, los abarrotes y otros comercios en los que los propietarios aceptaban con gusto pegar los carteles de mi papá en sus paredes. De $100 en $100 pesos por persona se iban llenando los asientos disponibles de los cuales, los dos asientos detrás del conductor estaban siempre apartados para mi mamá, para mi hermana mayor y para mí.

Se podría decir que crecí con privilegios de “la hija del dueño”, cosa en la que nunca pensé cuando los niños de la colonia se preguntaban entre ellos si irían y no me preguntaban a mí porque era obvio. Cuando respondían que sí, se ponían muy felices y bailaban mientras yo era la que acompañaba a su papá a preguntar cómo iba la venta. Aunque se vendían bastante rápido, no era inmediato pues aunque ahora ir de Santo Domingo Tehuantepec a Santa María Huatulco por cien pesos sea impensable, en ese momento era una cantidad que había que considerar. Especialmente para las familias grandes. Con cien pesos se podía comprar la comida de un día si se quedara la gente en sus casas. Sin embargo, mucha gente sabía que si no iba con el servicio que ofrecía mi papá, probablemente no iría a la playa de otra forma.

Es por eso que hacían un esfuerzo y casi todos esperaban el viaje de Navidad, de Año nuevo, de Semana Santa, de verano y alguno que otro viaje privado en el que quedara espacio. A veces hasta se iban sentados en el pasillo del autobús. A mi papá le costaba negarse. Al contrario, él quería que la gente fuera y se divirtiera, pero lo tenía que hacer por seguridad y por la policía federal. Salíamos muy temprano en la madrugada. Llegábamos en la mañana y a las cinco de la tarde, todos empezaban a recoger y a llamar a sus chamacos para prepararnos para el regreso. Recuerdo que me ponía muy triste, siempre me quería quedar. Ahora que lo veo en retrospectiva pienso que, aunque nunca me consideré una, sí era una niña consentida. Mientras el resto de los niños solo quería ir a la playa y yo ya tenía asegurado mi pase en CADA VIAJE, yo anhelaba pasar la noche en la playa. Algo inimaginable para mi papá quien jamás pagaría por pasar la noche en ningún lugar.

Cuando mi papá dejó ese negocio, dejé de ir al mar. Ni siquiera iba al mirador de Salina Cruz. Lo cual es curioso pues nací ahí. Soy salinacrucence por no haber hospital en Tehuantepec y porque el pudiente de mi abuelo paterno temió que su decendencia naciera con partera. Primero no sabía ya que jamás me digné en revisar mi acta de nacimiento, después lo ignoré, más tarde lo oculté porque los tehuanos se ríen de que la gente de salina cruz “no tenga cultura”, pero lo intente. A partir de que me conecté con lo que el mar representa en mi vida, hasta me traje arena de Salina Cruz a la ciudad de Oaxaca. Mi arena natal siempre me acompaña.

Todo comenzó cuando en terapia descubrí que ese sentimiento de no querer vivir no era nuevo. Lo sentí desde los 5 meses de embarazo cuando mi mamá tuvo una amenaza de aborto. Luego, lo intenté concretar en el parto, pero la fé y el amor de mi abuela paterna pudieron más que mis ideas suicidas. Hizo una promesa a la virgen de Guadalupe de que si sobrevivía, me nombrarían en su honor y celebrarían el día que yo llegara a los XV años con vida. Así soy hoy: Brenda Guadalupe, la niña que no se sintió celebrada cuando cumplió quince.

Mi única verdad hoy es que al nacer, lo primero que escuché fue el mar. Me llamaba desde las entrañas de mi madre y yo pensé: lo quiero conocer. A los meses de terapia lo confirmé en un sueño en el que estaba en el cuarto de mi tía donde escuchaba el albúm de Amy, la niña de la mochila azul. La reja estaba cerrada, pero la puerta no y escuchaba el mar. Era mi abuela que me llamaba:

—¡mija Brendita!

Solo por eso salí.

No me había dado cuenta de que por dolor dejé de ir al mar. No podía soportar escucharlo y que no fuera la voz de la persona que más me ha amado. Que, en distintas dimensiones, por ella conocí el mar. Ella parió a mi papá, el hombre que me llevó a los brazos de María Hipólita y cada día festivo de vacaciones al mar. Me volví intolerante al calor, al picor salado en el cuerpo y a la arena que por más que te sacudas, no se cae.

El 17 de enero le di una oportunidad más y, ¡oh sorpresa! Hasta vi ballenas, mantarayas y pescadillas saltarinas. Todo fluyó y me puse contenta de que el mar me abrazara de nuevo. No sabía cuánto lo extrañaba. Me pude quedar el fin de semana para terminar un deseo que empezó con mi papá y la reflexión de que ahora soy una de esas niñas que ya no tienen transporte asegurado a la playa, que ya no va en cada temporada vacacional, pero que no importa porque no tengo por qué repetir el pasado. Fue lo que mi padre pudo darme y estoy muy orgullosa de eso. Ahora que lo pienso, mi padre fue el héroe de los que no podían ir de vacaciones. Entiendo por qué aún es tan respetado y querido. He sido beneficiada automáticamente de sus méritos por solo tener su sangre, pero él me dio más que eso. Él me enseñó que no todos los héroes traen capa y que se puede traer felicidad a la comunidad con los recursos que tienes. Que quizás para una niña que no puede ver claramente no sea suficiente y se pregunte por qué no puede quedarse en ese lugar llamado playa, pero para la gente un día fuera de la rutina les puede cambiar la vida.

Nacen de mí las ganas de continuar lo que mi padre empezó, él fue el primero que, con otro nombre y en diferentes circunstancias, dio “tours” en la familia. Sabía que lo quería hacer, pero no sabía el porqué: es que me impactó demasiado en la infancia que lo quiero volver a hacer. Ahora no desde el lugar de niña, sino de adulta como una extensión de mi negocio HablARTE en español. Gracias a mi padre por hacerlo primero, gracias por mostrarme el camino 👣.

La entrega, Bahías de Huatulco

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Querido diario,